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LOS AMORES DE ROCINANTE

19/07/2017

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EN LOS FINES DE ALCUDIA CON DON QUIJOTE Y SANCHO (3)

Voy caminando al lado del poeta Buil. Va absorto en el hermoso prado que nos rodea. Los restos húmedos de un riachuelo al lado del camino desprenden un frescor que combate los rayos del sol primaveral, este día poderoso. Luisa y Eduardo van delante de nosotros. Son los guías perfectos. Hace tiempo que olvidaron los mapas para entender el valle y ahora despliegan su conocimiento sobre la tierra. Saben el ser y la esencia de cada loma, el dolor invernal de cada vaguada, el sudor áspero de la llanura en los meses de verano, cuando las hierbas se vuelven amarillas y salen las serpientes a buscar el frescor oscuro de las piedras y el calor alimenticio de la sangre. Luisa y Eduardo conversan y sonríen mientras alguno señala a lo lejos y vuelve a nombrar los valles cercanos. El valle del Escorial, el del Horcajo... Aún hemos andado poco y vemos a Felipe, que todavía está en la puerta de la Venta de la Inés mirándonos. Hemos pernoctado allí (y cada uno hemos dormido en la habitación de Cervantes). Salimos raudos al amanecer mientras Felipe nos daba un beso de Carmencita, que a esa hora del alba todavía dormía.

El poeta Buil se adelanta y coge a Luisa de la mano. Me quedo rezagado. Vamos por el camino real hacia Val de las Estacas, en dirección a Horcajo, donde sucedió la aventura de los yangüeses, como nos revela Cervantes en el capítulo XVII, después de la confusión con Maritornes que pagaron las costillas y las quijadas de don Quijote y Sancho. Dice Cervantes que don Quijote después de su parasismo comienza a llamar a Sancho con "el mesmo tono de voz con que el día antes había llamado a su escudero, cuando estaba tendido en el val de las estacas"... Además también nos informa en el capítulo XV de que la paliza de los yangüeses sucedió a dos horas andando de la Fuente del Alcornoque. Ésas son las que nos quedan para llegar al Val de las Estacas.

Mientras camino solo, pienso que aunque en El Quijote todo es fantasía, y no podemos despojar a Cervantes de ese misterioso poder, sí parece claro que sintió Alcudia en su pluma y la espolvoreó por su prosa como un territorio del que amaba su frescura y grandiosidad. Astrana, Agostini, Maldonado, y tantos nos hablan del Quijote de las florestas, los riachuelos, las ventas del camino real, las peñas, las sombras de los bosques, de esta tierra que tiene en ese libro una lógica geográfica maravillosa. Nos lo dice el propio Cervantes, no sólo en el Quijote, sino también en varias de las Novelas ejemplares. La umbría de la sierra de Alcudia se clava en la retina con su soledad y su misticismo, con su silencio y su luz penumbrosa y destellante.

Llegamos al prado que dice Cervantes lleno de fresca yerba, junto del cual corría un arroyo apacible y fresco; tanto que convidó y forzó a pasar allí las horas de la siesta, que rigurosamente comenzaba ya a entrar. Estamos en Val de las Estacas y las encinas, almas de la sombra, se espesan sin que se pueda ver la última. Hay un arroyuelo casi seco del que es posible percibir que si el invierno no hubiese sido tan rácano en aguas, ahora no tendría sólo un lecho de humedad, sino que correría libre y feliz por el campo callado. Miro al cielo y veo un grupo de buitres negros devorando el vacío. En algún momento hemos visto un cervatillo entre los árboles que nos ha mirado con la sorpresa del que ve por primera vez al gran depredador humano.

En los siglos pasados, cuando la naturaleza era más hermosa y más fuerte, menos cautiva, seguro que había más árboles, más verde, más agua, pero aquí todavía es posible descansar del camino debajo de una encina, echar una manta al suelo y sentarse en el prado a respirar el aire limpio de Alcudia. Eso es lo que hacemos. Y cuando estamos sentados, Eduardo coge su Quijote pulcro como la patena. Es un hombre de orden y costumbres. Lo abre y con parsimonia propia del sereno viento que hace, lee sobre los desgraciados amores de Rocinante que, aunque se le conocía por manso y poco rijoso, tanto que todas las yeguas de la dehesa de Córdoba no le hicieran tomar mal siniestro, una manada de jacas galicianas que por allí pastaban le calentaron el seso.

-Y le vino en deseo de refocilarse con las señoras facas (...) y sin pedir licencia a su dueño, tomó un trotico algo picadillo y se fue a comunicar su necesidad con ellas.

Antes de que Eduardo nos lea la resolución de amor tan repentino y tirano, ya tenemos la sonrisa en los labios. Imaginamos la escena en el prado luminoso. El sol a esta hora está en su cúspide y manda espejos sobre los cantuesos morados que se desnudan poco a poco con el viento.

Eduardo sonríe, pero en esta aventura, como en tantas otras, caballero y escudero parecen de dibujos animados, pues no se les rompe ni un hueso después de la tunda que reciben. Hay algo muy triste de fondo en esto.

-Recibiéndole con las herraduras y con los dientes, de tal manera, que a poco espacio se le rompieron las cinchas y quedó sin silla, en pelota.

Reímos, pero a la vez sentimos que nos cuesta reír. Ése es el destino del Quijote, ir perdiendo poco a poco su carácter burlesco. Ortega se pregunta en sus Meditaciones del Quijote si habrá un libro más profundo que esta humilde novela de aire burlesco. Dice también que Cervantes aguarda desde hace tres siglos a que le nazca un nieto capaz de entenderle.

Eduardo cierra el libro. Sabemos lo que ocurre después. Los yangüeses, haciendo honor al hombre del lugar, cogieron sus estacas y comenzaron a darle a los tres con grande ahínco y vehemencia. Fueron apaleados por manos rústicas y enojadas. Comentamos los diálogos posteriores de don Quijote y Sancho mientras disponemos sobre la manta varios tupper llenos de tortilla, ensalada, queso y fiambres, y dos frescas botellas de vino. Saciamos el hambre y brindamos por Felipe, y don Quijote y Sancho. También por el gran Cervantes, quien supo elevar estas tierras de valles, bosques, riachuelos, fuentes, umbrías y llanuras a la gloria, aunque siglo tras siglo esa gloria se ha ido envolviendo en el silencio. El vino hace su efecto bullicioso y parlanchín. Los taninos colorean pronto las mejillas. Bajo la sombra de las pacíficas encinas nuestra felicidad discurre libre. Cada uno ha olvidado las obligaciones de sus horas cotidianas. Entre las risas y los brindis interminables, el poeta Buil se levanta y dice:

-Brindo contra el dolor y la tristeza, y te hago saber, hermano Panza, que no hay memoria a quien el tiempo no acabe, ni dolor que la muerte no le consuma.

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