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LAS CUATRO VERDADES DE ZIDANE

09/06/2017

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LAS CUATRO ESQUINAS

HUMILDAD

Cuando destellan los focos de la victoria es difícil ver el rostro de Zidane. A pesar de ser uno de los grandes de la historia, un ídolo en el Madrid y en Francia, que estalló de clamor en los Campos Elíseos, no es difícil ver a Zidane incómodo en cualquiera de esas circunstancias. El otro día costaba verle en el autobús o cuando los jugadores se movían sobre el césped por el triunfo sin paliativos. Zidane dio a cada uno un abrazo y, de repente, desapareció del mapa. Su virtual sonrisa se convirtió en un rostro de incomodidad. Es difícil no sucumbir al mundo de la vanidad cuando miles de cámaras te apuntan y llevan tu rostro a cualquier rincón de la tierra.
La humildad es el don de los sensatos, porque, como decía el poeta Machado, es difícil superar el hecho de ser humano, terriblemente humano. En vez de prestar oídos a los aduladores de tu corte, escucha la voz de la conciencia que nunca te adulará. Zidane huye de esa corte. Escucha ese silencio de dentro que a todos nos dice que, en el fondo, por mucho que nos creamos dioses, no somos sino una gota de agua que cae y se pierde en el mar, o una mota de polvo que se mezcla con la tierra.


CARÁCTER

Me lo dijo un madridista ante un mantel que soportaba la plácida y bella conversación de sobremesa. Horas antes Florentino había nombrado técnico a Zidane. Los sacerdotes del fracaso rápido dijeron que sería un entrenador pusilánime pronto devorado por una plantilla henchida de egos. Confundían la bondad con la debilidad. Soy un hombre bueno en el buen sentido de la palabra bueno, aclaraba Machado. "No olvides Manuel", me dijo, "que Zidane es un tipo con mucho carácter". Rebobiné en mi memoria y me vino algún partido, el año de Ancelotti, en el que saltaba del banquillo como un poseso exigiendo intensidad a los jugadores.
La rabia, el genio, el pronto, eso que se suele llamar carácter, salía enseguida cuando el equipo se iba a coger uvas. También recuerdo el cabezazo a Materazzi, que no es que lo justifique, pero que sí demuestra que el carácter hay que sacarlo cuando es necesario. Las palabras en el descanso el día de la Juventus, y otras muchas veces que el equipo ha surgido de cualquier hondonada, es cuestión de carácter ganador, algo que solo los reos del sectarismo forofo pudieron negar.


RESPETO

Imagino el hundimiento de los sueños de los que ven el tiempo irse en el banquillo. Algunos muestran una cara que es el espejo de un alma abatida. Los entrenadores, casi siempre, minimizan las rotaciones aun a riesgo de exprimir a los titulares por miedo a la derrota. Sea mayor o menor la calidad de los suplentes (en el Madrid es mucha), la realidad los hunde en una desgana producto de su función como espectadores de los partidos. Parece como si ejerciesen el papel de animadores o sparring para los entrenamientos.
Ahora se habla del banquillo del Madrid y su gran labor, pero si no hubiese estado Zidane muchos de ellos estarían buscando otros horizontes, o se habrían perdido en un deseo insatisfecho. Cuántos grandes jugadores se han quedado en el camino. Pero Zidane, movido por una lógica asentada en el respeto al grupo, ha conseguido que ya en todos los equipos se trabaje desde una perspectiva grupal, no desde crear aplastantes jerarquías que hundan a los de abajo. El respeto siembra concordia y eficacia. También es una sana competitividad que al final a todos hace mejores.


INTELIGENCIA

Hay muchos tipos de inteligencia, pero para mí la mejor es esa que desbroza las cosas para quedarse con lo fundamental y eliminar lo superfluo. Es la inteligencia que observa el bosque y no se pierde en las ramas de los árboles. Aplicada al fútbol se suele explicar diciendo que tal jugador, entrenador, periodista, ha sabido realizar una buena lectura del partido. Al final la realidad es la que manda y dice si los análisis eran o no eran correctos. Pues la realidad dice que son muchos los partidos en los que la inteligencia estratégica o táctica de Zidane ha conseguido sacar de ellos el máximo provecho.
El general Clausewitz, maestro de la estrategia, decía que la mayor inteligencia en la batalla consiste en saber maximizar tu poder y minimizar el del contrario. No otra cosa que eso hizo Zidane en su lectura del partido contra la Juve. Pues marcar cuatro goles a ese equipo de excelencia defensiva solo puede conseguirse desde esta máxima. Zidane derribó el imperio defensivo, el famoso muro, alejando a sus jugadores de él y acercándolos luego cuando la artillería había creado algún boquete. Una lección táctica que seguro los italianos ya han introducido en su manual de defensa.

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