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UN CAMPO DE SUEÑOS

26/05/2017

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LAS CUATRO ESQUINAS

UN CAMPO DE SUEÑOS

Bajo rayos y truenos vimos a los Rolling en el año 82, me dice Javier Rioyo con media sonrisa y mirada misteriosa. Imagino la noche, el estruendo del Calderón, aquel hambre de ser, aquellos años... Busco el alma de Pedro Simón vagando entre Aristóteles, Platón, Proust o Cicerón. Le pongo un whatsapp. Su prosa envuelve mi corazón de tinta y la memoria de belleza. Dime tus mejores recuerdos del Calderón, las piedras se van de viaje eterno. Me dice que lo siente como un viejo Cinexin por el que van apareciendo imágenes que un día grabó pecho adentro. Recuerda la remontada del 4-3 al Barcelona de Romario. El gol de Simeone al Albacete. Las caídas y resurrecciones de Fernando y Luis fumando en la banda como un Belmondo, la lluvia macondiana y furiosa del último partido de Champions.
Llamo a mi amigo Santi. Tiene una agencia de viajes y siempre que puede se va con el equipo. Lo ama desde los cinco años. Recuerda a su padre abrigándolo en el campo una noche gélida de primavera. El olor del anís se le quedó grabado en la conciencia. Pepe Ribagorda me dice que allí su padrino le inyectó el color de la camiseta. El alba en Telecinco comienza para él con un sueño que nace en los ojos azules de Simeone.
Me acerco a la librería del editor Chus Visor, irreductible emisario de su corazón rojiblanco. Recuerda el partido contra el Cagliari, aquel que abrió la puerta a la final de Europa, cuando el destino desdichado generó una deuda sombría. También la Copa Intercontinental contra el Racing de Avellaneda. La jugó porque el Bayern desistió de su derecho. Pero sobre todo me habla del último partido.
El campo estaba lleno. El corazón latía encima de la carne. Una angustia entre hermosa y melancólica se retorcía por la yerba. Crecía por el Calderón una arboleda invisible de recuerdos. Lágrimas de luz subieron como pájaros a la región del olvido, y allí pusieron un monolito con tantos instantes y tantas memorias.
Me paseo por los escombros del pasado. El silencio me reconoce. Mi tío me abraza y me dice que volverá a amanecer. Saludo al Calderón y me alejo pronto, pero antes de partir le digo unos versos de Quevedo: "...serán ceniza, mas tendrá sentido;/polvo serán, mas polvo enamorado".


CIBELES QUIERE OTRA COPA

La madre de los dioses va en un carro tirado por leones que miran alrededor por si tienen que defenderla de conductores despistados. La noche oscura, vendida por las farolas amarillas, espera a los campeones. En la noche profunda el autobús llega precedido por un río de fuego que se eleva hasta el aire, también por los cánticos deslavazados que pronto comienzan a encontrar su armonía. Los jugadores tienen la alegría enamorada de todo. Gritan, saludan, ríen, se asoman al borde o barandilla del balcón del autobús, inmortalizan con sus móviles la comunión persistente entre los héroes y su pueblo. Alzan los brazos ante la multitud llenando el rostro de un gozo indescriptible.
La multitud se remueve bajo el fuego rojo que vence a la noche amarilla. La plaza me recuerda esos atardeceres llenos de brumas rojas que hay en La Mancha. Todos los nombres se confunden en uno. Después, ese nombre forma otro colectivo en el que el sentimiento estalla sin romper otra cosa que la tristeza. La diosa se deja amar y envolver por las banderas y los cánticos. Está tan feliz que con sus ojos de piedra no deja de decir que quiere otra Copa más y otra noche de fiesta.


26 HORAS PARA EL CIELO

El monasterio de Rongbuk está al final del valle, donde impera el glacial de su nombre. El silencio pasea por allí como una luz que emerge de la nieve. El corazón del paisaje late en la lejanía como mirado al cielo. Desde el monte Everest, a 8.848 metros, hasta el monasterio de Rongbuk, a 6.492 metros, hay un camino tortuoso de tierra áspera, piedras grises, montañas desordenadas y nieve invencible. Al fondo está el cielo como un destino que se abraza con la pisada. El cielo como un umbral que oculta una melodía misteriosa.
Allí llegó el montañero catalán Kilian Jornet batiendo el récords. 26 horas de soledad avanzando por los laberintos de piedra y hielo. Lo hizo solo con el oxígeno atrapado por sus pulmones. Le acompañó la soledad del que exprime su interior para encontrar la fuerza oculta más poderosa. Llegó a la cumbre a media noche. Quizá miró la marea de estrellas y la calma de la ausencia. Quizá sólo cerró su mente y dejó que la naturaleza le escribiera en el alma su mensaje.

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