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LAS CUATRO ESQUINAS (03/03/2017)

03/03/2017

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PIQUÉ, EL FARÁNDULA

Imagino a Piqué vestido de flamenco siempre que no se ofenda por su nacionalismo. Lo imagino ahí dale que te pego dando la bulla, montando el cotarro, y venga y venga y venga, toma del frasco Carrasco, y en las tablas después de un largo taconeo gritando "Ohhhhhh, moc, moc", con la sonrisa de oreja a oreja porque le ha robado las castañuelas a la bailarina y se las ha puesto colgando de las orejas, a la manera africana. Y si se amansa el sarao ahí está Piqué. Toma, toma y toma. Un rato de cañita brava sonando las castañuelas o tocando enrabietado la guitarra, luego las palmas, que no cese la bulla, la barahúnda, el alboroto.

Cierto es que Piqué juega muy bien. Es un gran defensa. Pero cuando ese volcán sumergido del faranduleo le sale de dentro es que le vibran las entrañas, y por más que diga el entrenador, o ponga cara de no va conmigo la directiva, se suelta enseguida las lentejuelas. Abre el Periscope y ahí que vamos dando marcha a las crónicas. La verdad es que cuando Piqué silencia los periodistas rezamos para que aparezca en Twitter o ante las alcachofas matando el muermo. Por algo digo yo que estamos en la sociedad del espectáculo.


LA TEORÍA DE LOS CONTRARIOS

Hay una parte del ser del Madrid y el Barça que no reside en ellos. Está al final de un puente aéreo que cruzan ejecutivos trajeados y futbolistas cuando visitan al enemigo. El Barça engorda cuando el Madrid empata o pierde. El Madrid se robustece cuando al Barça le va mal. Uno y otro podrá mantener la compostura, a veces no, pero hay que ver la cara de felicidad que tenía Ramos cuando le cascaron cuatro al Barça en París, o el cachondeo desatado de Piqué, incluido lo de Kevin Roldán, cuando el Madrid hizo aguas. Luego cuando alguno gana la Champions la amargura del otro se consume en la más honda soledad.

El Madrid y el Barça se necesitan. Cada uno de ellos sería menos sin el otro. Lo bueno es que esta armonía estática da un valor añadido de emoción que le viene muy bien a nuestro fútbol. Luchan por lo máximo. No pueden permitir lo malo propio porque se convierte en lo bueno ajeno. Además este trincherismo ya es universal. En los lugares más lejanos los aficionados se dividen en madridistas o culés. Por eso digo que tienen un odio enamorado aunque parezca una contradicción, porque uno no podría vivir sin el otro.


EL CANTO DE LA FE

Hay una fuerza en el Madrid que se estampa en los partidos hasta dejar exhaustos a los jugadores. Es el canto de la fe. Es la angustia de un final que estalla en gozo infinito o levanta una noche aciaga volviéndola vibrante porque ha empatado en unos minutos de vértigo y agonía. El miércoles fue contra una orquesta amarilla llena de virtuosos (Viera, Jesé, Mesa, Tana, Boateng... todos) que puso al Madrid en la esquina del cuadrilátero. Los pájaros de las islas volaban hacia el área de Keylor como sombras supersónicas. Antes comprimían el tiempo y desarrollaban un ritmo bello y cansino. Los blancos, algo desperdigados, querían ahogar la fantasía.

El concierto de Las Palmas fue hermoso, radiante, y multicolor hasta que el Madrid con diez soltó su genio y luchó como si fueran 12. Los canarios agarraban sus últimas fuerzas con los hilos de su magia, pero terminaron acorralados, ebrios de golpes y el portero salvando la noche. Fue un partidazo. Las matemáticas vencidas por la fantasía. El corazón de uno y otro se derramó por las cuatro esquinas del estadio.


EL FÚTBOL SIN MEMORIA

El fútbol no tiene memoria se dice. Aunque yo sostengo que lo que no tiene es corazón. Lo hemos visto con Ranieri. Con él los foxes levantaron su primer título de Liga en los 133 años de historia del club. Cierto que esta temporada los resultados no acompañan, pero quién puede dudar de que los logros de Ranieri deberían significar el inicio de una época en el club con sus lógicos altibajos. Ha pasado algo parecido con Luis Enrique. Puesto en cuestión cuando el mismo Piqué, con su habitual expresividad, comentaba que cogió al club "hecho una mierda" y lo llevó a un triplete de ensueño.

El fútbol claro que tiene memoria. Nadie podrá arrancar de la historia de un club el nombre de los entrenadores que ganaron los títulos, como también le pasó al Madrid con Capello. Lo que no tiene, como decía, es corazón. Sobre todo sus dirigentes. Suelen decir que actúan por el bien del club pero luego nadie saca la bandera de la memoria si suele demostrarse que se equivocaron. El fútbol sí tiene memoria, sobre todo los aficionados. Lo que tiene es muchos dirigentes sin corazón.

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