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LAS CUATRO ESQUINAS 27-1-07

28/01/2017

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NI A LOS MUERTOS NI A LOS VIVOS

Una vez más hay que decirlo para que cambie la cantinela miserable. Insultar no es animar. Hay que gritar al contrario para que sienta un velo confuso, subir decibelios para descentrarlo, pero sin vejar a nadie. Y dejarse la garganta y el alma con los propios. Gritar el gol como si con las voces pudieran romperse los cristales. Es decir a las claras, chillándolo al mundo, que uno ama a su equipo. Qué emoción cuando el autobús va hacia el partido. Le acompañan miles de corazones que quieren fundar un único corazón.
Pero insultar no es animar. Nadie, por muy fan que sea, puede denigrar a la madre de nadie. Ni a los muertos ni a los vivos puede mentar con su lengua sucia, una y otra vez ante la pasividad de muchos clubes y por supuesto los encargados de velar porque esto no se produzca. Ojalá que el mayor silbido del mundo estalle a la menor vejación de estos descerebrados. El futbol tiene un público sano que estos locuelos o energúmenos manchan. Uno va al campo divertirse de manera sana, hay niños, a veces hasta a ver arte vivo. Pero no a escuchar que no dejan de mentar a la madre de alguien de manera miserable. Todos tenemos madre y es algo sagrado.

DERECHO A SOÑAR

Nada hay tan injusto en fútbol como esa división entre grandes y pequeños. La grandeza no es solo el tamaño ni la cuenta bancaria o las vitrinas, también se consigue en ese lugar en el que el fútbol ofrece una justicia inigualable, el campo. Habría que decir ricos y menos ricos, o pobres, o laureados y menos laureados, porque cuando uno de los llamados pequeños se rebela y tutea y gana al grande rompe la lógica general para crear otra donde la fe, la concentración, las ganas, la fuerza entrenada o el empuje vital de una ciudad equilibra las fuerzas. Como en Vigo, donde una nube roja rompía el invierno mientras sonaba la canción "Jhony G" dedicada Guidetti, un sueco de ascendencia italiana seducido por la belleza y magia de Galicia. Nos hemos ganado el derecho a soñar, dijo Berizzo antes del partido. El buen romántico es pragmático, porque los sueños nunca son gratuitos y a ellos llega uno con trabajo, tesón y fuerza. Difícil decirlo de mejor manera. Soñar es fácil, y la mayoría de los sueños se diluyen por el pasillo de la nada. Pero cuando los sueños se consiguen ocurre quizá uno de los momentos más hermosos y enigmáticos de nuestra naturaleza.


LEVANTAR LA CABEZA

Quienes aman al Madrid están sufriendo ahora viendo a aquel equipo victorioso poseído por dudas y sombras, desgajándose abajo, perdiéndose en el centro, fallando goles que ayer entraban. Y quienes vibran en un antimadridismo ancestral dan palmas por la caída después de navidades. Qué narices tiene enero que el cuerpo comienza encogido. ¿Hay un relajamiento mental después del Mundialito? ¿Solo puede estar a tope quien tiene pocas esperanzas en marzo o abril?
El fútbol es una lógica y una magia. Muchas veces surge como un enigma y nadie lo entiende del todo. Pero también es justo en el tiempo, y el Madrid volverá a ganar. No permanecerá lejos de sus dos grandes objetivos. Esto no quiere decir despreciar la copa, y mucho menos al Celta, sino comprender que levantará la cabeza porque tiene grandes jugadores y un entrenador con números que rompen dudas. El Madrid levantará la cabeza. Tranquilos unos y otros. No gocen demasiado los que sacan velones, sahumadores y palmatorias para el funeral, que el muerto está muy vivo. No sería la primera vez que después de fallar en La Copa haya venido otra copa más grande.


EL RENACIDO

Me metí en el cuerpo las cuatro horas del Nadal-Sverev. El ruso o alemán parecía el Capitán Araña. Con esos brazos tan largos y esas piernas interminables. Parecía un ave zancuda. Me preguntaba si no tendría un motor en la muñeca, porque sacaba a mucho más de doscientos y Nadal, poseído por el movimiento de la bola, se concentraba en verla venir pero a veces iba tan rápida que era imposible ver el bote. Nadal tenía enfrente a su mayor enemigo, el gran sacador en pista rápida, juego sin intercambios, saque y volea o golpe ganador. Nadal ponía la bola en la pista, golpeaba, devolvía, luchaba por dar lugar a su fuerza inteligente.
En aquel partido se jugaba demasiado futuro. Y lo ganó debajo de obuses y todo tipo de bombas. Creo que por fin volvió a sentirse Nadal. Volvió a creer en sus virtudes, a percibir que la bola respetaba la intención de su brazo, sabía quién le estaba pegando. El partido de Sverev fue básico. De él emergió el Nadal esperado, como vimos luego contra Raonic, otro cañonero. Bienvenido a ti mismo Nadal. Los días de gloria aún no pertenecen solo al pasado, también a los que vendrán.


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